La IA ya entró a tu consultorio: la pregunta es si la usás con criterio
La IA ya está dentro de la práctica de la mayoría de nosotros; lo que falta no es la herramienta sino el criterio para usarla sin poner en riesgo al paciente ni a la clínica.
Hace un par de años la pregunta entre colegas era si la inteligencia artificial iba a entrar a la consulta. Esa pregunta ya quedó atrás. Si vos no la activaste, casi seguro lo hizo tu secretaria pegando una historia clínica en un chatbot para que la resuma, o el residente que arma el resumen de egreso, o la persona de marketing que genera los textos de Instagram con la descripción del último posoperatorio. La IA no está tocando la puerta del consultorio. Hace rato que está adentro, y muchas veces sin que el cirujano lo sepa ni lo haya decidido.
Lo escribo con la mesura de quien la usa todos los días y, también, de quien la aprendió a los golpes. La IA es una herramienta extraordinaria para lo administrativo, para ordenar ideas y para producir borradores. Pero como toda herramienta nueva en medicina, el problema no es la tecnología: es el criterio con el que la incorporamos. Y ese criterio, hoy, está mucho menos desarrollado que la herramienta. Quiero ordenar acá las preguntas que sí me parecen importantes antes de seguir apretando enviar.
¿Qué datos del paciente estás cargando, y dónde terminan?
Esta es la pregunta que más postergamos y la que más rápido nos puede costar caro. Cuando uno pega una historia clínica, una foto de un pre o un resultado de laboratorio en una herramienta de IA de consumo, esos datos salen del consultorio y viajan a un servidor que no controlás. Según los términos de cada plataforma, ese contenido puede quedar almacenado, puede usarse para entrenar el modelo y, en el peor de los casos, puede reaparecer de formas que no podés auditar.
En cirugía plástica esto es especialmente delicado por la fotografía. Una foto clínica de mama, abdomen o genitales es dato sensible de salud y, además, es identificable. Subirla a una herramienta que no tenga acuerdo de tratamiento de datos es exponer a tu paciente y exponerte vos. La regla práctica que uso es simple: antes de cargar algo, me pregunto si estaría cómodo de que ese dato apareciera públicamente con el nombre del paciente. Si la respuesta es no, no va a una herramienta genérica. Para eso existen versiones empresariales con compromisos de privacidad, anonimización previa, o directamente herramientas que corren localmente. Cuesta un poco más de trabajo. Vale la pena.
¿Quién firma lo que la IA escribió?
La IA produce texto que suena seguro aunque esté equivocado. En lo clínico esto tiene un nombre conocido: alucinación. El modelo puede inventar una dosis, citar un estudio que no existe, o afirmar con total aplomo una contraindicación falsa. Si ese texto termina en una indicación, un consentimiento o una respuesta a un paciente, el que responde sos vos. La firma es tuya, no del algoritmo.
En mi práctica trato a la IA como trataría a un residente brillante pero sin experiencia: le delego el borrador, nunca la decisión. Todo lo que sale con mi nombre lo leo, lo corrijo y lo válido contra lo que sé. El día que dejamos de revisar porque casi siempre acierta es el día en que la herramienta deja de ayudarnos y empieza a manejarnos.
¿Estás reemplazando el vínculo o liberando tiempo para él?
Acá está, para mí, la línea ética más fina. La IA puede redactar el seguimiento posoperatorio, contestar la consulta de WhatsApp a las once de la noche, generar el material educativo. Bien usada, eso libera horas que uno puede devolverle a la consulta presencial, a explicar mejor, a escuchar más. Mal usada, se convierte en una pared entre el cirujano y la persona, donde el paciente cree que habla conmigo y en realidad habla con un sistema.
La pauta que sostengo es la transparencia. Si un mensaje automatizado contesta una duda, el paciente tiene que poder distinguir lo que es información general automatizada de lo que es mi criterio sobre su caso. La IA puede ordenar la logística; el juicio clínico y la relación no se delegan. Ese es justamente el activo que un paciente paga cuando elige un cirujano y no una góndola.
¿Tenés reglas claras para tu equipo, o cada uno improvisa?
La mayoría de las filtraciones no las va a generar el cirujano. Las genera el equipo que, con toda buena intención, busca trabajar más rápido. Si en tu clínica nadie definió qué se puede cargar y qué no, qué herramientas están autorizadas y cuáles prohibidas, entonces tenés una política de IA: la de que cada uno decide solo. Es la peor de todas.
No hace falta un documento de cuarenta páginas. Hace falta algo escrito, simple y conocido por todos: qué herramientas usamos, qué datos jamás salen del sistema, cómo anonimizamos antes de cargar, quién revisa lo clínico. Esto es gobernanza básica, del mismo orden que tener un protocolo de tromboprofilaxis. No es burocracia: es la diferencia entre adoptar la IA con cabeza o que la IA se adopte sola, por la puerta de atrás.
¿Dónde aporta de verdad, sin tocar lo sensible?
Para no quedarnos solo en las advertencias: hay un territorio amplio donde la IA es claramente beneficiosa y de bajo riesgo. Ordenar la agenda y los recordatorios. Redactar borradores de material educativo que después uno revisa. Estructurar protocolos internos. Acelerar tareas administrativas repetitivas. Ayudar a pensar la comunicación de la clínica. Ese es el terreno donde conviene avanzar con confianza, porque el costo de un error es bajo y la ganancia de tiempo es real.
La distinción que me ordena es entre el back office y la decisión clínica. En el back office, la IA puede tener bastante autonomía. En lo clínico y en el dato del paciente, autonomía cero: asiste, propone, pero no decide ni guarda nada que no debería.
Cómo lo dejé ordenado
Estas preguntas no las resolví de un día para el otro, ni quiero dar la impresión de que tengo todo cerrado. Las fui ordenando con el tiempo, con errores propios y con conversaciones con colegas que estaban en la misma. En algún momento las pasé a un material de trabajo para dejar de improvisar y poder pasárselo a mi equipo: criterios de privacidad, qué cargar y qué no, cómo anonimizar, dónde poner los límites. Eso es lo que armé en el Navegador de Ética en IA, pensado para tomar estas decisiones con marco y no a ciegas. Y para la otra cara, la del aprovechamiento concreto sin pisar lo sensible, dejé ordenado el Crecimiento de Consultorio con IA, que es donde concentro los usos de bajo riesgo que de verdad devuelven tiempo. Ambos están en el catálogo de manuales, bilingües, por si a alguno le sirve de punto de partida.
No es una receta cerrada ni pretende serlo. Cada práctica tiene su contexto y su marco regulatorio, que conviene revisar con asesoría local. Lo que sí me animo a afirmar es esto: la IA ya está en tu consultorio. La única decisión que te queda es si la vas a usar con criterio o si vas a dejar que ese criterio lo escriba otro por vos.
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